lunes, 19 de enero de 2026

LA FEMP: QUÉ ES, HISTORIA, OBJETIVOS,...Y CRÍTICA LIBERAL

 

Nota del autor: Este artículo no pretende ser neutral, sino analizar la FEMP desde una perspectiva liberal, separando descripción institucional y valoración normativa.



PARTE I: LA FEMP - LA ORGANIZACIÓN, SU HISTORIA Y OBJETIVOS

¿Qué es la FEMP?

La Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) es la asociación de entidades locales de mayor implantación territorial en España. Agrupa actualmente 7.410 entidades locales —Ayuntamientos, Diputaciones Provinciales, Consejos Insulares y Cabildos— que representan más del 95% de todos los gobiernos locales españoles. Su sede se encuentra en Madrid, en un edificio histórico de finales del siglo XVII, ubicado en la calle del Nuncio.

En términos funcionales, la FEMP opera como la voz unitaria de los poderes locales españoles ante el Estado central, las Comunidades Autónomas y las instituciones europeas. Es simultáneamente un foro de cooperación intermunicipal, un instrumento de presión política y un proveedor de servicios técnicos a sus asociados.

Nacimiento: Torremolinos, junio de 1981

La FEMP nace el 13 y 14 de junio de 1981, durante la celebración de su I Asamblea en Torremolinos (entonces todavía un barrio de Málaga). Este momento es de particular significación histórica: ocurre apenas seis meses después del 23 de febrero de 1981, el fracasado intento de golpe de estado encabezado por el Teniente Coronel Tejero.

La Transición democrática española aún estaba en fase delicada. La Constitución de 1978 era reciente. Los primeros gobiernos autonómicos comenzaban a consolidarse. En ese contexto, la celebración de una asamblea constituyente de alcaldes de toda España —de diferentes ideologías políticas, negociando con libertad sus propias decisiones— representaba una demostración visceral de que la democracia podía funcionar desde la base, desde los municipios.

Los participantes la describían como "una eclosión del municipalismo": alcaldes que descubrían que sus problemas eran comunes, que necesitaban una plataforma común para reivindicar el poder local. Domingo Ferreiro, primer Secretario General de la FEMP, recordaría que "fue todo rodado porque éramos libres de tomar nuestras propias decisiones."

El Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, en aquel momento en el poder, apoyaba explícitamente esta iniciativa. No era casual: el Estado vería en los municipios un contrapeso institucional frente al poder emergente de las Comunidades Autónomas, que se estaban consolidando con los primeros Estatutos de Autonomía. En cierto sentido, era el Estado central intentando fortalecer un "federalismo de municipios" para limitar el poder regional.

Reconocimiento legal y expansión europea (1985)

La FEMP fue constituida formalmente al amparo de la Disposición Adicional Quinta de la Ley 7/1985, de 2 de abril, Reguladora de las Bases de Régimen Local. El 26 de junio de 1985, mediante acuerdo del Consejo de Ministros, fue declarada Asociación de Utilidad Pública, lo que le otorgaba estatus oficial.

Paralelamente, el 15 de octubre de 1985, se firma la Carta Europea de la Autonomía Local en Estrasburgo. La FEMP se convierte en la sección española del Consejo de Municipios y Regiones de Europa (CMRE) y, posteriormente, en la sede oficial de la Organización Iberoamericana de Cooperación Intermunicipal (OICI).

Este reconocimiento europeo fue crucial. La Carta Europea de la Autonomía Local no solo declaraba derechos teóricos; establecía estándares de suficiencia financiera y claridad competencial que vinculaban a los Estados firmantes. España ratificaría esta Carta en 1988.

Objetivos fundacionales y estatutarios

Según sus Estatutos aprobados en la XII Asamblea Plenaria, los fines de la FEMP son:

El fomento y la defensa de la autonomía de las Entidades Locales — tanto en la relación con otras administraciones públicas como en la construcción de políticas públicas

La representación y defensa de los intereses generales de las entidades locales españolas

El desarrollo y la consolidación del espíritu europeo en el ámbito local, basado en los principios de autonomía y solidaridad entre entes locales

La promoción y el favorecimiento de relaciones de amistad y cooperación con entidades locales y sus organizaciones, especialmente en el ámbito europeo, iberoamericano y árabe

La prestación de toda clase de servicios directamente o a través de sociedades dependientes (asesoría legal, formación, coordinación de proyectos, etc.)

Cualquier otro fin que afecte directa o indirectamente a los asociados

En síntesis, la FEMP se posiciona a sí misma como defensora de la autonomía municipal, como vocera unitaria ante otras administraciones y como facilitadora de cooperación intermunicipal.

Estructura actual (enero 2026)

Presidencia: María José García-Pelayo Jurado (PP), alcaldesa de Jerez de la Frontera desde 2015, reelecta en septiembre de 2023.

Junta de Gobierno: 25 miembros entre alcaldes/alcaldesas y presidentes/presidentas de diputaciones, representando diferentes territorios y fuerzas políticas (aunque con mayoría relativa del PP).

Secretario General: Luis Antonio Martínez-Sicluna Sepúlveda (PP).

Consejo Territorial: Más de 80 vocales que representan territorios y gobiernos locales de todas las comunidades autónomas.

La estructura de gobierno refleja esfuerzos por mantener equilibrio territorial y político-partidista, aunque es notable que la presidencia haya recaído mayoritariamente en alcaldes de gobiernos con implantación nacional significativa.

Financiación

Presupuesto 2026: 33,9 millones de euros.

Composición:

72% del Ministerio de Hacienda (transferencias estatales)

28% de cuotas de los miembros asociados, calculadas según el tamaño de población de cada entidad local

Este modelo de financiación es relevante para cualquier análisis crítico de la FEMP: la organización que reclama mayor autonomía local respecto del Estado central recibe el 72% de su propio presupuesto del Ministerio de Hacienda, lo que plantea preguntas sobre su grado de independencia institucional.

Demandas recurrentes (2024-2026)

En su comunicado de cierre de 2025, la FEMP reitera sus demandas estructurales:

1. Financiación local justa

El modelo de financiación local vigente no ha tenido cambios sustanciales desde 2002 (según reclama la FEMP)

Crítica: Los municipios asumen cada vez más competencias (servicios sociales, educación complementaria, etc.) sin correspondiente aumento de recursos

Demanda: Un nuevo modelo basado en "suficiencia financiera" que garantice que ciudadanos reciban servicios equivalentes en todo el territorio

2. Segunda descentralización

Reforma que transfiera competencias desde las Comunidades Autónomas hacia los municipios

Fundamento: "La democracia se construye desde los municipios" — argumento de proximidad al ciudadano

Objetivo: Clarificación de responsabilidades entre niveles administrativos

3. Reforma del régimen legal local

Crítica explícita a la Ley Reguladora de la Administración Local (LRSAL) de 2013, que centralizó competencias locales

Demanda: Mayor capacidad de decisión autónoma de municipios sobre gestión de servicios públicos

4. Convocatoria de la Comisión Nacional de Administración Local

Instancia de diálogo formal entre administraciones sobre gobierno local

Último avance significativo: 2002

Reclamo urgente: que se convoque para abordar reforma competencial y financiera

Contexto Político: ¿Asociación Independiente o Instrumento de Presión?

La FEMP se presenta como "independiente" de partidos políticos específicos. Técnicamente, es cierto: agrupa gobiernos locales de todos los signos políticos.

Sin embargo, operativamente funciona como un instrumento de presión política corporativa. Es decir:

La presidencia tiende a recaer en alcaldes de gobiernos con gran implantación electoral (tradicionalmente PP o PSOE)

Su posición respecto al Gobierno central es de negociación-presión: no es crítica de la existencia del Estado central, sino demandante de mayores recursos y autonomía dentro del sistema estatal

Sus propuestas se enmarcan siempre dentro de la lógica de "más administración pública" — nunca cuestiona si determinados servicios municipales deberían ser privatizados o gestionados por mercados

En términos políticos, la FEMP es un lobby del sector público municipal.

PARTE II: LA CRÍTICA LIBERAL A LA FEMP

Un liberal —dependiendo de si es clásico, ordoliberal o neoliberal— tendría una posición compleja respecto a la FEMP. No sería de aprobación total ni rechazo total, sino de crítica selectiva y matizada.

Los aspectos que un liberal podría apreciar

1. La reivindicación de subsidiariedad y descentralización

La FEMP defiende el principio de que las decisiones deben tomarse lo más cerca posible de los ciudadanos. Esto es genuinamente liberal. La Carta Europea de la Autonomía Local, de la que la FEMP es defensora, está profundamente enraizada en la tradición liberal de limitar el poder central y confiar en comunidades locales para la autogobernanza.

Un liberal clásico podría reconocer valor en esto: los municipios, siendo más pequeños y cercanos a los ciudadanos, tienen mayor capacidad de accountability democrático que burocracias centralizadas. Si un alcalde abusa del poder municipal, los vecinos pueden desalojarlo más fácilmente que si un ministro abusa en Madrid.

2. La crítica a la recentralización estatal

La FEMP ha denunciado explícitamente cómo legislaciones sectoriales del Estado central (especialmente desde la LRSAL 2013) han centralizado competencias que antes eran locales. Esto coincide con la preocupación liberal sobre la concentración de poder. Un liberal puede estar de acuerdo: más poder central = menos libertad local.

3. La defensa de la autofinanciación relativa

La FEMP reclama que las competencias que asume tengan acompañamiento financiero correspondiente. Este es un principio de eficiencia que los liberales pueden compartir: si alguien debe hacer un trabajo, debe tener los recursos para hacerlo. De lo contrario, la responsabilidad se diluye.

Las críticas liberales fundamentales

Sin embargo, cuando se profundiza en el análisis, aparecen problemas sustanciales desde cualquier perspectiva liberal coherente.

1. Corporativismo de facto

La FEMP funciona como un instrumento de presión de las administraciones públicas locales. Las entidades que representa (Ayuntamientos, Diputaciones, Cabildos) son monopolios territoriales. No pueden ser reemplazadas por competencia. No operan bajo incentivos de mercado. No pueden quebrar.

Un liberal preguntaría: ¿cómo es que una organización que representa instituciones sin incentivos competitivos pueda reivindicar legitimidad para hablar en nombre de los "gobiernos locales"?

La respuesta honesta es: la FEMP representa los intereses corporativos del sector público municipal, no los intereses de los ciudadanos. Un ciudadano que quiere mudarse a una ciudad con mejor gestión local no puede "votar con los pies" porque los servicios municipales (recogida de basura, agua, alumbrado) están monopolizados por el Ayuntamiento de su territorio.

2. Dependencia financiera del Estado

El 72% del presupuesto de la FEMP proviene del Ministerio de Hacienda. Esto significa que la "independencia" que reclama respecto al poder central está fundada sobre financiación estatal.

Un liberal ordoliberal cuestionaría esta incoherencia: ¿cómo puede una organización mayoritariamente financiada por el Estado central ser un auténtico defensor de la autonomía local frente a ese mismo Estado?

Paralelamente, esto significa que los gobiernos locales agrupados en la FEMP tienen un incentivo perverso: demandan más autonomía para sí, pero necesitan que el Estado central tenga suficiente poder fiscal para financiarlos. Si el Estado central fuera verdaderamente debilitado (como desearía un liberal), ¿de dónde sacarían fondos?

3. La Trampa de la "Financiación Justa"

Las demandas recurrentes de la FEMP por una "financiación local justa" se traducen invariablemente en: "más gasto público, más transferencias estatales, más impuestos."

Pero aquí aparece una paradoja liberal: La FEMP reclama descentralización fiscal-competencial, pero dentro de un modelo donde el Estado central sigue siendo el principal recaudador de impuestos. Esto no es verdadera descentralización; es federalismo fiscal redistributivo: el Estado central extrae recursos mediante impuestos nacionales (IVA, impuesto sobre sociedades, etc.) y luego los redistribuye a municipios según fórmulas complejas.

El problema liberal es evidente: Los ciudadanos siguen contribuyendo al mismo monto fiscal total; simplemente, la decisión sobre cómo gastar ese dinero se toma a nivel municipal en lugar de nacional. Pero la extorsión fiscal inicial sigue siendo centralizada.

Una verdadera descentralización liberal significaría que los municipios tuvieran capacidad de recaudar sus propios impuestos (sobre propiedad inmobiliaria, negocios locales, etc.) y ser responsables directamente ante sus ciudadanos. La FEMP nunca reclama esto; siempre reclama más transferencias.

4. La defensa implícita de ineficiencia municipal

España tiene 8.131 municipios. Más de la mitad tiene menos de 1.000 habitantes. Un municipio de 200 habitantes no puede mantener un Ayuntamiento, un Director de Recursos Humanos, una asesoría jurídica y todo el aparato burocrático que implica gobernanza municipal moderna.

Sin embargo, la FEMP, bajo la bandera de "autonomía local," se opone sistemáticamente a fusiones municipales voluntarias. El argumento es que cada municipio tiene "derecho" a su identidad local y a autogobernarse.

Desde una perspectiva liberal de eficiencia, esto es insostenible. Si la subsidiariedad liberal significa que los poderes se ejercen al nivel más efectivo y eficiente, entonces un municipio de 200 habitantes que necesita transferencias estatales para financiar servicios que podrían prestarse más eficientemente a nivel provincial o regional viola ese principio.

Pero la FEMP nunca plantea esto: la solución siempre es pedir más dinero, no reorganizarse.

5. La ausencia de soluciones de mercado

La crítica más profunda es que la FEMP opera completamente dentro de la lógica del sector público.

Cuando habla de servicios municipales —agua, residuos, transporte, vivienda, servicios sociales—, asume implícitamente que estos deben ser proporcionados por administraciones públicas. No hay debate sobre privatización. No hay mención a cooperativas de usuarios. No hay propuesta de contratos con empresas privadas o asociaciones cívicas.

Cuando la FEMP menciona "eficiencia," se refiere siempre a cómo gestionar mejor estos servicios desde lo público. Nunca cuestiona si deberían serlo.

Un liberal preguntaría: ¿Por qué la recogida de basura debe ser un servicio municipal? ¿Por qué no puede ser un mercado donde los ciudadanos contratan empresas de basura? ¿Por qué el agua debe ser público? ¿Por qué no cooperativas de usuarios que gestionen y paguen el agua?

La verdadera subsidiariedad liberal significaría que muchos servicios actualmente municipales podrían desaparecer como "servicios públicos" y convertirse en servicios privados, cooperativos o comunitarios. Esto reduciría drásticamente la necesidad de financiación municipal y, por tanto, de presión fiscal.

Pero la FEMP nunca lo propone. Porque la FEMP defiende el modelo de administración pública, no la verdadera libertad local.

6. La recentralización silenciosa mediante regulación

Aunque la FEMP reclama autonomía local, la realidad es que el Estado central ha ido colonizando cada vez más la capacidad de decisión municipal mediante leyes sectoriales.

Las escuelas locales deben cumplir con currícula nacionales. Los servicios de agua local están regulados por estándares europeos y nacionales complejos. Los servicios sociales municipales deben cumplir con mínimos estatales. Los procedimientos de contratación pública están estandarizados nacionalmente.

La FEMP reclama autonomía, pero dentro de este marco regulatorio asfixiante. Un liberal cuestionaría: ¿de qué sirve que el Ayuntamiento tenga "autonomía" en cómo organizar la recogida de basura si el Estado central dicta mediante regulación qué debe recoger, cómo debe reciclarse, qué estándares ambientales debe cumplir?

La solución liberal no sería simplemente "transferir competencias" (lo que la FEMP pide), sino "desregular y permitir que los municipios y mercados locales decidan libremente."

7. El conflicto entre autonomía local e igualdad redistributiva

Aquí aparece una tensión profunda en la posición de la FEMP.

Por un lado, reclama "autonomía local" — que cada municipio pueda decidir libremente sobre sus servicios. Pero por otro lado, reclama un "nuevo modelo de financiación" que garantice que "todos los ciudadanos reciban servicios equivalentes en todo el territorio nacional."

Esto no es autonomía; es federalismo redistributivo. Si los ciudadanos de un municipio rico quieren gastar menos en servicios y tener impuestos menores, ¿pueden hacerlo? La FEMP diría que no — porque entonces los ciudadanos de municipios pobres recibirían servicios inferiores.

Un liberal cuestionaría: ¿cuál es el verdadero objetivo? ¿Autonomía local (permitir que cada comunidad se autogobierne) o igualdad territorial (asegurar estándares nacionales)? La FEMP quiere ambas, pero son parcialmente incompatibles.

Conclusión: Las tensiones irreconciliables

Un liberal se enfrenta a una contradicción incómoda respecto a la FEMP.

Por un lado, la organización defiende valores genuinamente liberales: autonomía, subsidiariedad, resistencia a la centralización. Estos son principios correctos.

Pero por otro lado, los defiende dentro de un marco que un liberal rechazaría: un Estado de bienestar municipal permanentemente expansionista, financiado mediante impuestos coercitivos centrales y administrado por monopolios públicos sin incentivos de mercado.

Un liberal clásico podría encontrar cierto valor en la FEMP como contrapeso institucional frente a la centralización estatal. Pero con reservas profundas sobre sus objetivos redistributivos.

Un liberal ordoliberal vería en la FEMP un instrumento de orden competitivo defectuoso: defiende reglas del juego, pero para un juego (administración pública) que cree debería reemplazarse por mercados.

Un liberal neoliberal rechazaría la FEMP casi por completo: la vería como un lobby que obstaculiza la privatización, la desregulación y la reducción genuina del Estado.

En conclusión, la opinión liberal sobre la FEMP no sería de aprobación o rechazo total, sino de crítica amistosa, pero profunda:

"Defendéis los lugares correctos (autonomía, subsidiariedad, resistencia a la centralización). Pero dentro del marco equivocado (más sector público, más impuestos, más burocracia). Una verdadera subsidiariedad liberal significaría municipios más pequeños, más privados, menos regulados y menos dependientes de transferencias estatales. No municipios más ricos y autónomos dentro del Estado de bienestar."

Bibliografía:

Federación Española de Municipios y Provincias, Estatutos

FEMP, "40 años: 1981-2021" (documentos históricos)

FEMP, "45 años: Poder local, autonomía y descentralización" (2026)

Ley 7/1985, de 2 de abril, Reguladora de las Bases de Régimen Local

Carta Europea de la Autonomía Local (1985)


  • Ordoliberal (Alemania): El Estado es un árbitro que pone reglas estrictas para que el mercado sea justo.
  • Neoliberal (Argentina 2026): El Estado es un obstáculo que debe ser reducido drásticamente y de forma rápida.
  • Liberal Clásico (Suiza/Estonia): El Estado es un servidor limitado; su función es proteger la libertad y la propiedad, interviniendo lo mínimo posible pero de forma muy estable.

sábado, 17 de enero de 2026

EL PROGRAMA INTEGRAL PLUS: UNA CRÍTICA ECONÓMICA SOBRE SUBVENCIONES, SEÑALES DE PRECIO Y EMPLEO INDUCIDO

 

El Programa Integral Plus de Cataluña, que ofrece subvenciones de hasta 12.430,98 euros durante 18 meses a empresas que contraten a personas desempleadas de larga duración (mayores de 30 años en paro prolongado o mayores de 45), constituye un ejemplo representativo de las políticas activas de empleo basadas en incentivos directos a la contratación. Se trata de una intervención bien intencionada, orientada a un problema real y persistente del mercado laboral español. No obstante, desde una perspectiva de economía política rigurosa, el programa merece un análisis que vaya más allá de sus objetivos declarados y examine sus efectos económicos subyacentes.

El problema de fondo: la alteración del precio del trabajo

La teoría económica clásica, y en particular los análisis de Friedrich Hayek sobre el sistema de precios como mecanismo de información, permiten identificar una primera dificultad conceptual. En una economía de mercado, los salarios cumplen una función esencial: agregan información dispersa sobre productividad, escasez relativa de habilidades y demanda empresarial.

Cuando una persona permanece desempleada durante largos periodos, el mercado laboral está transmitiendo una señal —incómoda, pero informativa— sobre un posible desajuste entre productividad, habilidades y costes laborales vigentes, especialmente en contextos de elevada regulación y cuña fiscal. Intervenir sobre esa señal mediante una subvención implica alterar el mensaje que el sistema de precios está emitiendo.

El Programa Integral Plus, en la práctica, reduce de forma artificial el coste laboral percibido por la empresa, cubriendo una parte relevante del salario durante 18 meses. El resultado es que se hacen viables contratos que, a precios de mercado no intervenidos, podrían no resultar rentables. Esto no implica que dichos empleos carezcan de valor intrínseco, pero sí que su viabilidad depende de una transferencia pública temporal, no necesariamente de una productividad suficiente en términos de mercado.

Señales, selección adversa y desempleo estructural

El desempleo de larga duración suele asociarse a diversos factores estructurales: menor capital humano, obsolescencia de competencias, automatización sectorial o desajustes geográficos entre oferta y demanda de trabajo. En España, estas dinámicas son particularmente relevantes debido a una combinación de bajo nivel educativo medio y rigideces institucionales.

El diseño del programa parece asumir, al menos implícitamente, que una parte sustancial del desempleo prolongado responde a discriminación o estigmatización por parte de los empleadores. Si ese fuera el factor predominante, una subvención temporal podría actuar como mecanismo de señalización positiva, permitiendo que la empresa descubra la productividad real del trabajador.

Sin embargo, la evidencia disponible sugiere que el desempleo de larga duración en España tiene un componente estructural significativo. En ese contexto, una subvención limitada en el tiempo difícilmente puede resolver un desajuste profundo entre las habilidades ofrecidas y las demandadas por el mercado. En el mejor de los casos, puede posponer el ajuste; en el peor, simplemente ocultarlo temporalmente.

Una cuestión empírica clave —sobre la que sería deseable mayor transparencia— es la tasa de permanencia en el empleo una vez finalizado el periodo subvencionado, tomando como referencia programas precedentes como el 30 Plus. Si dicha tasa fuera elevada a medio plazo, el programa ganaría solidez analítica. La ausencia de datos públicos detallados impide, por ahora, una evaluación concluyente.

Incentivos y riesgo moral

Desde la teoría de incentivos, el programa también plantea interrogantes sobre la alineación de comportamientos entre empresas, trabajadores y administración.

Para las empresas, la estructura temporal de la subvención puede favorecer decisiones de contratación condicionadas a su duración. Una vez finalizada, el coste laboral vuelve a reflejar su nivel real, lo que puede inducir ajustes de plantilla si la productividad no compensa plenamente.

Para los trabajadores, aunque el programa ofrece una oportunidad valiosa de reentrada al mercado laboral, el carácter subvencionado y potencialmente transitorio del empleo puede reducir —en determinados casos— los incentivos a invertir en formación adicional o especialización, especialmente si no existen mecanismos claros de progresión posterior.

Para la administración, como ocurre con muchos programas públicos, existe el riesgo de dependencia institucional: una vez creado el marco, su continuidad puede quedar vinculada a dinámicas presupuestarias y políticas más que a evaluaciones rigurosas de impacto.

El efecto sustitución y el empleo no observado

La literatura económica sobre políticas activas de empleo ha documentado de forma recurrente el efecto sustitución: las empresas tienden a priorizar trabajadores subvencionados frente a otros candidatos igualmente válidos pero sin apoyo público. En estos casos, el número de “empleos creados” no coincide con el empleo neto generado en la economía.

Esto sugiere que parte del impacto del programa puede consistir en una redistribución del empleo existente, más que en una expansión sostenida de la demanda laboral. Evaluar este efecto requiere análisis contrafactuales que, de nuevo, no suelen estar disponibles en el debate público.

Coste y alternativas: la necesidad de un análisis comparativo

El coste directo del programa es conocido. Menos visibles son los costes indirectos: gestión administrativa, seguimiento individualizado, y, sobre todo, el coste de oportunidad de los recursos públicos empleados.

Un análisis coste-beneficio completo debería comparar el impacto del programa con alternativas plausibles: reducciones generales de cotizaciones sociales, inversión intensiva en reconversión formativa, o incluso una menor presión fiscal que favorezca la creación de empleo endógena. Sin este ejercicio comparativo, resulta difícil afirmar que la subvención a la contratación sea el uso más eficiente de los fondos disponibles.

Consideraciones finales

El Programa Integral Plus responde a una preocupación legítima y aborda un problema real. Sin embargo, desde una perspectiva económica, plantea dudas razonables sobre su capacidad para resolver las causas estructurales del desempleo de larga duración.

La experiencia comparada sugiere que las subvenciones temporales pueden mejorar indicadores a corto plazo, pero su impacto a medio y largo plazo depende críticamente de la productividad real, la acumulación de capital humano y el marco institucional en el que operan empresas y trabajadores.

La economía no niega la necesidad de actuar; advierte sobre la importancia de actuar correctamente. Reformar el mercado laboral, reducir barreras a la contratación, invertir eficazmente en educación y permitir que los precios transmitan información veraz siguen siendo elementos centrales de cualquier estrategia sostenible de empleo.

Mientras las políticas públicas se centren en corregir los síntomas mediante intervenciones puntuales, los desequilibrios de fondo tenderán a persistir. Y es ahí —en las causas, no en los efectos— donde debería situarse el centro del debate.

miércoles, 14 de enero de 2026

ZONAS DE BAJAS EMISIONES: UNA SOLUCIÓN ADMINISTRATIVA A UN PROBLEMA REAL

 

La activación de la Zona de Bajas Emisiones (ZBE) en Sant Feliu de Llobregat, prevista para mayo-junio y limitada inicialmente a la centralidad urbana, responde al Decreto 132/2024 de la Generalitat de Catalunya. Esta imposición normativa afecta a 25 municipios catalanes de entre 20.000 y 50.000 habitantes, limitando la autonomía municipal en un tema de máxima relevancia local.

La contaminación atmosférica es un problema real que genera externalidades negativas. Negarlo no sería liberal, sino una negación de la evidencia. La cuestión central es cómo corregirlo y con qué instrumentos.

El contexto específico de Sant Feliu

Con alrededor de 47.000 habitantes, Sant Feliu es un municipio periférico del Baix Llobregat donde el 95% del parque móvil ya cuenta con etiqueta ambiental. Apenas un 5% de vehículos quedará afectado por las restricciones.

¿Es proporcional una regulación tan intrusiva para un problema que impacta a una fracción tan reducida del parque móvil? La teoría económica exige que las intervenciones guarden relación razonable con la magnitud del problema que corrigen. Aquí, esa proporcionalidad resulta discutible.

La ZBE como restricción de libertad

Desde una óptica liberal, la ZBE es una prohibición administrativa del uso de propiedad privada (el vehículo) impuesta por criterio público. Vehículos sin etiqueta no accederán al centro, y en episodios de alta contaminación tampoco lo harán los diesel con etiqueta B.

Que afecte a una minoría no legitima la restricción. En una sociedad liberal, los derechos no se miden por porcentajes.

Un diseño económicamente deficiente

El sistema de etiquetas presenta fallos estructurales:

No mide emisiones reales, sino antigüedad tecnológica

Trata de forma idéntica comportamientos ambientales distintos

Un diésel moderno de 2023 puede contaminar menos que un gasolina antiguo de 2010, pero ambos reciben el mismo trato administrativo. Esto es una mala internalización de la externalidad: no paga quien más contamina, sino quien no cumple un estándar arbitrario.

Prohibir frente a internalizar

El liberalismo prefiere mecanismos de mercado sobre prohibiciones. Peajes urbanos variables por emisiones reales, impuestos ligados a contaminación documentada o incentivos tecnológicos bien diseñados lograrían:

Preservar libertad de elección

Asignar costes proporcionales al daño real

Minimizar distorsiones sociales

La ZBE opta por la vía administrativamente simple, no necesariamente por la más eficiente ni justa.

El caso de Palencia: Prudencia frente a rigidez

Palencia (76.000 habitantes) realizó un análisis de impacto socioeconómico antes de su ZBE. Reconoció beneficios potenciales en salud pública y movilidad activa, pero también efectos regresivos sin alternativas de transporte y apoyo comercial.

Su respuesta: ZBE muy limitada con sanciones aplazadas hasta 2027. Esta prudencia contrasta con la aplicación más rígida prevista para Sant Feliu.

Una discriminación silenciosa

Las ZBE afectan desproporcionadamente a:

Rentas bajas

Personas mayores

Autónomos y pequeños comerciantes

Trabajadores con movilidad intermunicipal

Sin transporte público suficiente ni ayudas reales para adaptación, el centro se convierte en espacio accesible solo para quienes asumen los costes regulatorios, vulnerando la igualdad ante la ley.

Legalidad, legitimidad y subsidiariedad

Que la ZBE sea obligatoria por decreto no agota el debate público. Cuando el 95% del parque móvil ya cumple normativa, imponer una ZBE uniforme sin adaptación local viola el principio de subsidiariedad.

La Generalitat decide, pero Sant Feliu ejecuta y paga las consecuencias socioeconómicas.

Conclusión

La ZBE de Sant Feliu aborda un problema legítimo con un instrumento de eficacia marginal y costes sociales significativos. Cuando genera beneficios ambientales limitados, impone restricciones generalizadas y carece de alternativas reales, deja de ser solución técnica para convertirse en problema de gobernanza.

Las políticas inteligentes corrigen problemas minimizando daños colaterales y respetando contextos locales. En este caso, faltan ambas cosas.

Nota: Basado en el Decreto 132/2024, datos municipales de Sant Feliu (95% parque conforme) y análisis de impacto de Palencia (2024).

lunes, 12 de enero de 2026

LA SANSON: PATRIMONIO, ECONOMÍA Y LOS LÍMITES REALES DEL DEBATE


Las II Jornadas de la Sanson, organizadas por la Coordinadora por el Patrimonio y el Paisaje de Sant Feliu de Llobregat (COPP), vuelven a situar en el centro del debate ciudadano el futuro de la antigua fábrica y de las pedreras de Santa Creu d’Olorda. El programa es solvente, plural y de alto nivel académico: geología, paleontología, patrimonio industrial, arqueología, memoria histórica y gestión territorial.

Todo ello es necesario. Pero no es suficiente.

Hay una dimensión ausente en estas jornadas —y en el debate público en general— que condiciona cualquier desenlace posible: la dimensión económica. Sin incorporarla explícitamente, el riesgo no es solo no salvar el patrimonio, sino no comprender por qué no se salva.

El patrimonio no desaparece por falta de valor, sino por falta de financiación

Existe un consenso amplio sobre el valor histórico, geológico e industrial de la Sanson. No estamos ante un conflicto de sensibilidades, sino ante un conflicto de capacidades materiales.

Sant Feliu de Llobregat es un municipio de alrededor de 47.000 habitantes con un presupuesto anual cercano a los 54 millones de euros. La mayor parte de este presupuesto se destina —legítimamente— a servicios básicos: limpieza, educación, servicios sociales, seguridad, administración. El margen real para nuevas inversiones estructurales es reducido.

Preservar de manera ambiciosa un conjunto industrial de la magnitud de la Sanson no es barato. Incluso una estimación prudente incluiría:

  • adquisición o compensación del suelo,

  • remediación ambiental,

  • restauración patrimonial,

  • y costes de operación y mantenimiento a medio plazo.

Cualquier alternativa patrimonial sólida se mueve, necesariamente, en cifras que superan con mucho la capacidad financiera de un municipio medio como Sant Feliu si actúa en solitario.

Este dato no invalida el patrimonio. Lo contextualiza.

La asimetría estructural con la propiedad privada

La Sanson es suelo privado. Y eso importa.

Para la propiedad, el desarrollo residencial no es una abstracción ideológica, sino una expectativa económica concreta, basada en precios de mercado, edificabilidad y rentabilidad. Renunciar total o parcialmente a esa expectativa tiene un coste de oportunidad real.

El Ayuntamiento puede regular, negociar, condicionar y retrasar. Pero no puede comprar ni expropiar sin respaldo financiero externo. La capacidad de “bloqueo” existe; la capacidad de “adquisición”, no.

Este desequilibrio no es fruto de mala fe ni de conspiración. Es una relación estructural de poder económico.

El papel de COPP: imprescindible, pero limitado

COPP cumple una función social valiosa: documenta, divulga, genera conciencia, construye relato y evita que el patrimonio desaparezca en silencio. Gracias a este trabajo, el debate existe y la empresa no puede actuar sin justificar mínimamente sus decisiones.

Pero COPP no es —ni puede ser— un actor económico. No gestiona presupuestos públicos, no controla suelo, no dispone de instrumentos coercitivos. Su capital es simbólico, cultural y técnico.

Pretender que desde ese lugar se fuerce una solución estructural sin recursos es cargar sobre el activismo cultural una responsabilidad que no le corresponde.

El riesgo del debate incompleto

Cuando el debate se formula solo en términos de “valor patrimonial” frente a “amenaza urbanística”, se genera una expectativa implícita: que reconocer el valor debería bastar para salvar el bien.

Cuando eso no ocurre, llega la frustración.

El problema no es que falte sensibilidad. El problema es que no se discute quién paga, cuánto cuesta y con qué instrumentos.

Sin esa discusión, el resultado previsible es un desarrollo mayoritariamente residencial acompañado de concesiones patrimoniales parciales, de bajo coste relativo, presentadas como equilibrio razonable.

No por maldad, sino por inercia institucional.

Qué debate haría falta abrir

Si queremos salir de este bucle, el debate debería incorporar al menos cuatro preguntas explícitas:

  1. ¿Cuál es el coste económico real de preservar la Sanson de forma significativa?

  2. ¿Qué parte de ese coste puede asumir el municipio y cuál debe venir de otras administraciones?

  3. ¿Qué mecanismos legales permiten capturar parte de la plusvalía del desarrollo para financiar patrimonio?

  4. ¿Qué usos productivos pueden garantizar que el patrimonio no dependa de subsidios precarios?

Estas preguntas no son antipatrimoniales. Son la única forma adulta de defender el patrimonio.

Entre la resignación y la honestidad

Decir que Sant Feliu no puede salvar la Sanson en solitario no es rendirse. Es reconocer los límites reales del marco actual. A partir de ahí, solo hay dos caminos legítimos:

  • construir alianzas supramunicipales y mecanismos financieros que cambien ese marco, o

  • asumir que la preservación será parcial y explicarlo sin eufemismos.

Lo que resulta problemático es mantener un discurso que sugiere soluciones que el sistema no está dispuesto a financiar.

Para qué sirven, entonces, las jornadas

Las Jornadas de la Sanson son útiles. Documentan, generan memoria y obligan a que el patrimonio sea tenido en cuenta. Pero no deberían ser el final del debate, sino el principio de uno más incómodo: el de la economía política del patrimonio.

Porque el patrimonio no se pierde solo cuando se derriba.
También se pierde cuando se convierte en decorado de una decisión ya tomada.

Hablar de esto no debilita la causa patrimonial.
La hace, por primera vez, creíble.

lunes, 5 de enero de 2026

VIVIENDA EN SANT FELIU: MENOS DISCURSOS Y MÁS CONSTRUCCIÓN

 

En los últimos meses han proliferado iniciativas que plantean la creación de nuevos organismos y “sindicatos” de vivienda, como la Confederación Sindical de l’Habitatge de Catalunya (COSACH), impulsada entre otros por la PAH Sant Feliu. El objetivo declarado es defender el derecho a la vivienda. Sin embargo, antes de multiplicar estructuras y afiliaciones, conviene analizar con datos cuál es el problema real de la vivienda en Sant Feliu de Llobregat.

Y los datos existen. Son oficiales. Y dicen mucho.

La vivienda no es un derecho fundamental

Conviene empezar por una aclaración jurídica. El derecho a la vivienda está recogido en el artículo 47 de la Constitución, pero no es un derecho fundamental como los recogidos en el Título I (vida, libertad, expresión, etc.). Es un principio rector, lo que implica que debe desarrollarse mediante políticas públicas realistas y sostenibles, no solo desde la movilización o la confrontación ideológica.

¿Hay muchos pisos vacíos? No.

Según un informe del propio Ayuntamiento de Sant Feliu (2025), el municipio cuenta con:

  • 930 viviendas completamente vacías, un 5% del total.
  • Un porcentaje prácticamente idéntico al del conjunto del Baix Llobregat.
  • Casi un 90% de viviendas de uso habitual.











Fuente: Pla Local d'Habitatge de Sant Feliu de Llobregat 2025-2031

Este dato es clave: no existe un stock masivo de viviendas vacías que explique la tensión del mercado. Incluso aunque todas esas viviendas salieran al mercado, el impacto sería limitado y puntual.

Las llamadas viviendas de uso esporádico (otro 5%) no son pisos “retenidos”, sino segundas residencias, viviendas heredadas, en reforma o utilizadas de forma intermitente. Tratar estas categorías como si fueran especulación distorsiona el diagnóstico.

No aparecen “grandes propietarios” acaparando vivienda

Si hubiera un fenómeno relevante de acaparamiento o especulación:

  • veríamos porcentajes mucho más elevados de vivienda vacía,
  • concentraciones anómalas,
  • o grandes diferencias respecto al entorno comarcal.

Nada de eso aparece en los datos municipales. El parque está prácticamente ocupado en su totalidad.

El dato más revelador: la antigüedad del parque

El propio ayuntamiento aporta otro dato demoledor:
El 63% de las viviendas en alquiler en Sant Feliu fueron construidas entre 1960 y 1980.














Fuente: Pla Local d'Habitatge de Sant Feliu de Llobregat 2025-2031

Esto significa que:

  • la mayoría del parque en alquiler tiene entre 45 y 65 años,
  • desde los años 80 se ha construido muy poca vivienda, especialmente destinada al alquiler,
  • el parque no se ha renovado ni ampliado durante décadas.

En otras palabras: Sant Feliu vive hoy con la vivienda que se construyó hace medio siglo.

El problema real: falta de oferta

Cuando durante 40 años se construye poco, con:

  • suelo escaso,
  • planeamiento rígido,
  • licencias lentas,
  • y alta carga fiscal,

el resultado es inevitable: escasez y precios altos. No por especulación, sino por simple ley de oferta y demanda.

Conclusión

Los datos oficiales del Ayuntamiento de Sant Feliu desmontan el relato de que el problema sea la vivienda vacía, los grandes propietarios o la falta de organismos de presión. El problema es mucho más sencillo —y más incómodo—:

No hay suficiente vivienda.

Crear más sindicatos o estructuras no construye pisos.
Se necesita liberalizar suelo, facilitar la construcción, renovar el parque y aumentar la oferta. Sin eso, cualquier política de vivienda será solo un parche.

Menos organismos y más viviendas construidas. Esa es la única solución que funciona a medio y largo plazo.