Ocho millones de euros. Esa es la cantidad que el
Ayuntamiento prevé invertir en la construcción de la nueva piscina olímpica de
nuestro municipio.
¿Es mucho dinero? ¿Es una inversión
necesaria? ¿Existen prioridades más urgentes? Cada vecino tendrá su propia
respuesta, y no es ese el debate que quiero plantear hoy.
La pregunta que me interesa es otra: ¿es
diferente que una familia se endeude para construir una piscina en su casa a
que un ayuntamiento lo haga para construir una piscina pública?
Puede parecer una cuestión sencilla,
pero lleva más de doscientos años ocupando a algunos de los economistas más
importantes de la historia.
Habrá quien piense que la piscina será
una magnífica inversión para el municipio. Otros creerán que esos ocho millones
podrían destinarse a necesidades más urgentes. Y probablemente ambos tengan
argumentos razonables.
Precisamente
por eso, mi
intención no es discutir si la piscina debe construirse o no, sino utilizar
este proyecto como punto de partida para reflexionar sobre una vieja teoría
económica con un nombre poco atractivo —la equivalencia
ricardiana— que plantea una cuestión fascinante: ¿es
igual gastar dinero propio que gastar dinero público?
Una teoría con más de dos siglos
La equivalencia ricardiana debe su nombre al
economista británico David Ricardo, quien en 1820, en su Essay
on the Funding System, planteó una idea sorprendentemente moderna, cuando
un gobierno necesita financiar un gasto, ¿existe realmente una diferencia entre
subir los impuestos hoy o endeudarse y trasladar el pago al futuro?
Más de siglo y medio después, en 1974, el economista
Robert Barro recuperó y desarrolló formalmente aquella intuición,
convirtiéndola en una de las teorías más conocidas de la macroeconomía moderna.
Su planteamiento es sencillo. Imaginemos que un
ayuntamiento necesita ocho millones de euros para construir una piscina.Puede
recaudar ese dinero aumentando los impuestos o puede financiar la obra mediante
deuda.
Según esta teoría, si los ciudadanos saben que esa
deuda tendrá que devolverse en el futuro mediante impuestos, actuarán en
consecuencia. En lugar de gastar el dinero que hoy no pagan en impuestos, lo
ahorrarán porque saben que, tarde o temprano, tendrán que hacer frente a esa
factura. Desde este punto de vista, la deuda no hace desaparecer el coste.
Simplemente cambia el momento en el que se paga.
Es una teoría elegante y muy influyente. Sin embargo,
mientras la leía, me di cuenta de que había otra cuestión todavía más
interesante.
No toda la deuda es igual
Imaginemos ahora que un vecino decide construir una
piscina en su casa. Pide un préstamo al banco. Quizá piense que mejorará su
calidad de vida. Quizá crea que revalorizará su vivienda. O quizá simplemente
sea un capricho que puede permitirse. Sea cual sea el motivo, hay algo
evidente. Es él quien toma la decisión. Y será él quien pague cada una de las
cuotas del préstamo.
Si dentro de diez años concluye que fue una mala idea,
la factura será exclusivamente suya.
Ahora volvamos al ejemplo del ayuntamiento. La
decisión ya no la toma una única persona. Tampoco el préstamo lo devolverá
quien lo aprueba políticamente. Lo devolveremos entre todos. Incluso personas
que nunca utilizarán esa piscina. Incluso vecinos que habrían preferido
destinar esos recursos a otras prioridades. E incluso ciudadanos que todavía no
viven aquí y que contribuirán mediante los impuestos del futuro.
Y creo que esa diferencia merece ser pensada con
calma.
La cuestión no es la piscina
Llegados a este punto conviene aclarar algo. Este
artículo no pretende afirmar que construir una piscina olímpica sea un error. Podría
resultar una excelente inversión. Podría atraer competiciones deportivas. Podría
fomentar la práctica del deporte. Podría convertirse en una infraestructura
útil durante décadas. O quizá no. No lo sé. Y, sinceramente, tampoco es el
objeto de estas líneas. Lo verdaderamente interesante es otra cosa.
Cuando una familia se endeuda, normalmente quien
decide, quien obtiene el beneficio y quien asume el coste son prácticamente la
misma persona. En la deuda pública, esas tres figuras ya no coinciden
necesariamente. Y cuando quien decide no soporta íntegramente las consecuencias
de su decisión, los incentivos cambian. Los economistas llevan décadas
estudiando precisamente eso. No porque los gobernantes sean mejores o peores
personas. Sino porque las instituciones importan.
Los incentivos importan
Hay una idea muy repetida en economía: los
incentivos importan.
Y creo que pocas cuestiones ilustran mejor esa
afirmación que la deuda pública. Un empresario que invierte mal puede perder su
empresa. Un particular que compra una vivienda por encima de sus posibilidades
puede pasar años pagando una mala decisión. En ambos casos existe una relación
muy directa entre decisión y responsabilidad. En cambio, cuando una
administración pública se endeuda, esa relación se vuelve mucho más compleja. Los
beneficios pueden disfrutarse hoy. Los costes pueden repartirse durante
décadas. Y esa diferencia cambia completamente la naturaleza del problema.
Una reflexión final
Economistas liberales suelen insistir en que la deuda
pública no crea riqueza por sí sola. Simplemente adelanta gasto presente a
costa de recursos futuros. Puede estar plenamente justificada si financia
inversiones valiosas. Puede convertirse en un problema si financia proyectos
cuya utilidad social no compensa su coste. Por eso, quizá la discusión nunca
debería limitarse a preguntar cuánto cuesta una piscina.
La pregunta realmente importante es otra.
¿Qué criterios utilizamos para decidir qué proyectos
merecen comprometer los impuestos de los próximos años?
Porque el verdadero debate no es la piscina. Ni
siquiera son los ocho millones de euros. El verdadero debate consiste en
decidir cuándo es razonable comprometer recursos que todavía no hemos generado
y que, en parte, terminarán pagando personas que nunca participaron en la
decisión.
David Ricardo formuló esa pregunta hace más de
doscientos años. Y, a la vista de los debates actuales sobre el gasto público,
la deuda y las prioridades de nuestras administraciones, quizá siga siendo una
de las preguntas más vigentes de toda la economía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario